Hay una fase muy concreta en la vida de cualquier sanitario. Dura poco, no se puede fingir y, cuando se va, no vuelve. La llamamos El Síndrome del Impoluto.
Bata blanca recién planchada. Expectativas intactas. Disponibilidad absoluta para lo que haga falta. Cero cinismo. Fe estructural en el sistema, en los protocolos, en que todo va a salir bien porque para eso están los protocolos.
Sonríe. Todavía no le ha tocado un código a las 4 de la madrugada.
Todo el que lleva más de un año en esto reconoce al de primer año antes de que abra la boca: el que llega diez minutos antes de su turno, el que anota literalmente todo lo que dice el adjunto, el que todavía se sorprende cuando algo sale mal. No hay maldad en la mirada de quien ya no está ahí, solo cierta ternura arqueológica, como quien mira una foto suya de hace diez años.
Es transitorio. Dura lo que dura la primera guardia mala de verdad, la primera vez que un protocolo no basta, la primera vez que el sistema falla y alguien tiene que sostenerlo con las manos. A partir de ahí cambia algo. No necesariamente para peor, pero cambia.
Hasta entonces: disfrútalo. Es la única fase de esta profesión que no cansa.
Le hemos puesto cara, bueno, torso, a esta fase en nuestra camiseta El Síndrome del Impoluto: la mascota vintage con la cinta «AÑO UNO: TODAVÍA SONRÍE», en tinta crema sobre negro. Para llevarla mientras dure. O para regalársela a quien todavía la tiene.
¿Te acuerdas de cuando tú también estabas así? Cuéntanoslo en comentarios.